Director Departamento de Gramática
En la encuesta sobre hábitos lectores y consumo de libros en Colombia (Fundalectura, Cerlalc, Cámara Colombiana del Libro, 2001) los jóvenes no aparecen como buenos lectores. La gran mayoría aparece en la franja de los “no lectores habituales”
(21%). Y su consumo de libros por año genera preocupación: 1 libro/ año (que incluso puede ser el texto escolar). Las respuestas “No me gustan”, “No los entiendo”, “Prefiero gastar el tiempo libre oyendo música”, son recurrentes en la franja 12-17 años.
La tendencia según la cual leen incluso más los niños que los jóvenes aparece no solo en Colombia sino en gran parte de países europeos. Un estudio de 2003 en España concluye: “Es evidente la preocupación por la tendencia a la baja de los índices de lectura de libros, especialmente entre la población más joven”. En la Encuesta Nacional de Cultura de Colombia (2002), sin embargo, de parte de los jóvenes encuestados, hay una actitud prospectiva que es positiva: “Nos gustaría leer más”.
En consecuencia no podemos –a veces se hace- hablar de un franco distanciamiento de los jóvenes hacia los libros ni concluir que la cultura audiovisual o internet los atrapó volviéndolos alfabetos funcionales, dominados por las nuevas tecnologías. “Autistas, ignorantes y ciegos”, según los definiera en un acre comentario un novelista francés. En nuestro medio, a diferencia del español, por citar un caso europeo, no hay políticas públicas que estimulen la circulación ni promoción de los libros y el sistema escolar no es particularmente el espacio propicio para generar en los adolescentes acercamiento o construcción del hábito lector.
Muchas escuelas y colegios carecen de libros, de biblioteca, de bibliotecario, de docentes lectores habituales. El hogar tampoco es el lugar de origen de una actitud lectora. Según la encuesta citada al comienzo, el 85 por ciento de los colombianos, tienen menos de 5 libros en su casa: la mayoría textos escolares, libros de referencia, atlas, libros de colección o libros viejos.
Apenas hasta hace dos años, el Plan Nacional del Libro y Bibliotecas, promovido por la Presidencia de la República y el Ministerio de Cultura, empezó a dotar las bibliotecas municipales, pero incluso todos estos esfuerzos parecen insuficientes para enfrentar la cruda realidad: el nuestro no es un país lector. Y en el caso de los adolescentes es todavía más claro el diagnóstico: nadie, o a casi nadie, le importa su construcción como lectores.
Si bien no contamos con un estudio confiable que nos ayude a entender la actitud de los adolescentes frente a la lectura (otro vacío: no hay investigación académica o empírica sobre el tema), nos toca, forzosamente, lanzarnos al campo de las inferencias e intentar escribir un perfil ideal de nuestros chicos y chicas como lectores. Hay algunas conclusiones –netamente provisionales- que se pueden sacar (espero no ser tan atrevido):
· Los jóvenes sí leen y escriben. Que no muestren interés hacia lo que el sistema escolar exige escribir y leer, es otro asunto.
· Los jóvenes carecen de espacios de diálogo y de información (publicaciones, programas de radio de televisión, internet, etc.) para hablar con los adultos o con sus pares sobre libros escritos para su franja.
· El medio escolar, muchos profesores, con su actitud enfermiza de obligar a leer “los clásicos” están fomentando animadversión hacia los libros y la lectura.
· Es necesario entender de una vez por todas que los jóvenes de hoy conviven con diversas tecnologías de información (la televisión, el cine, los videojuegos, internet, la radio). El libro ya no es el objeto sagrado de información que fue para dos generaciones atrás.
· Si existen opciones de diálogo y de acercamiento sincero con los adultos, no autoritaria ni basada en argumentos del tipo “lea para que no se vuelva idiota”, podría empezar a construirse entre los adolescentes una actitud más atenta hacia la lectura de los libros y revistas.
· Cada joven es un lector único y resemantiza de un modo personal lo que lee. Los jóvenes –en un sentido- no son “lectores críticos”, objetivos, pues lo que buscan en los libros es un “yo” sincero que les hable a “ellos” como sujetos exclusivos.
· No hay canon de lectura ni de libros entre los adolescentes. Puede ser tan embriagador –y decir tanto- Paulo Coelho como Franz Kafka. Es labor de los mediadores de lectura –el docente, bibliotecario- ayudarlos a avanzar en la calidad de sus lecturas, que no es otro modo, que ayudarlos a construirse como lectores adultos.
· Los adolescentes nunca olvidan un buen docente o un bibliotecario que les abre las puertas a la lectura.


